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Los he visto en el cine - Jaime Sabines

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Los he visto en el cine,
frente a los teatros,
en los tranvías y en los parques,
los dedos y los ojos apretados.
Las muchachas ofrecen en las salas oscuras
sus senos a las manos
y abren la boca a la caricia húmeda
y separan los muslos para invisibles sátiros.
Los he visto quererse anticipadamente, adivinando
el goce que los vestidos cubren, el engaño
de la palabra tierna que desea,
el uno al otro extraño.
Es la flor que florece
en el día más largo,
el corazón que espera,
el que tiembla lo mismo que un ciego en un presagio.

Esa niña que hoy vi tenía catorce años,
a su lado sus padres le miraban la risa
igual que si ella se la hubiera robado.

Los he visto a menudo
—a ellos, a los enamorados—
en las aceras, sobre la yerba, bajo un árbol,
encontrarse en la carne,
sellarse con los labios.
Y he visto el cielo negro
en el que no hay ni pájaros,
y estructuras de acero
y casa pobres, patios,
lugares olvidados.
Y ellos, constantes, tiemblan
se ponen en sus manos,
y…

Muchacha ojos de papel - Luis Alberto Spinetta( Almendra)

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Muchacha ojos de papel,
¿a dónde vas?
Quédate hasta el alba.


Muchacha pequeños pies,
no corras más.
Quédate hasta el alba.

Sueña un sueño despacito entre mis manos
hasta que por la ventana suba el sol.

Muchacha piel de rayón,
no corras más.
Tu tiempo es hoy.

Y no hables más, muchacha
corazón de tiza.
Cuando todo duerma
te robaré un color.

Muchacha voz de gorrión,
¿a dónde vas?
Quédate hasta el día.

Muchacha pechos de miel,
no corras más.
Quedate hasta el día.

Duerme un poco y yo entretanto construiré
un castillo con tu vientre hasta que el sol,
muchacha, te haga reír
hasta llorar, hasta llorar.

Y no hables más, muchacha
corazón de tiza.
Cuando todo duerma
te robaré un color.

Luis Alberto Spinetta - Almendra


No es nada de tu cuerpo - Jaime Sabines

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No es nada de tu cuerpo,
ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.

No es tu boca —tu boca
que es igual que tu sexo—,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo, en que bebo.
Ni son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada —¿qué es una mirada?—
triste luz descarriada, paz sin dueño,
ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un pétalo,
ni una gota, ni un gramo, ni un momento:

Es sólo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.
Jaime Sabines

Llegando,llegaste- Piero

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Las manos en el bolsillo, caminando por el pasto,

con el libro bajo el brazo, andaba silbando bajo.
Me prendía un cigarrillo, no pensaba en las materias
y siempre me hacía la rata, con el pibe de a la vuelta.
Me hubiera gustado verte, esperarte a la salida,
preguntarte: ¿Qué hacés piba, si venís al matine?

Llegando, llegaste, te mire de frente,
después puse un nombre, te llame "ternura",
llegando llegaste, y fuimos pensando,
me fui animando, luego te besé.

Y una mañana mientras el café mezclaba,
en una servilleta blanca yo te dibujaba,
yo te dibujaba...

Llegando, llegaste, te mire de frente,
después puse un nombre, te llame ternura,
llegando llegaste, y fuimos pensando,
me fui animando, luego te besé.

Y una mañana mientras el café mezclaba,
en una servilleta blanca yo te dibujaba,
yo te dibujaba...
Piero



Me gusta la gente simple - Facundo Cabral

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Me gusta la gente simple
aunque yo soy complicado la gente de casa pobre y corazón millonario.
La que todavía suda, la que se rompe las manos, la que se juega la vida  por el pan de sus hermanos.
Me gusta la gente simple que al vino le llama vino, la que al pan le llama pan y enemigo al enemigo.
La que se da por entero y  no tiene intermediarios la que comparte conmigo  el respeto a los milagros.
Me gusta la gente simple, que se levanta temprano, porque hay que limpiar la calle, pintar el frente al mercado, bajar del camión la fruta, repartir los telegramas, servir el café, la sopa, pescar, embolsar la papa, cortar el árbol preciso  para hacer una guitarra con la que un día el cantor, caminará por la patria contando la gente simple, que sin ella no hay nada, ni siquiera la milonga que en el mundo me declara.
Me gusta la gente simple que hace la silla y la mesa, los zapatos de mi madre, el vestido de Teresa.
La que ríe fácilmente, la que fácilmente llora, la que inocente confía que un…

En paz - Amado Nervo

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Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,

porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales coseché siempre rosas.

Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas…

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
Amado Nervo - Elevación

La noche de los feos - Mario Benedetti

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Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En…