Cuando las nubes tienen alas, cantan - Katia Márquez





Al principio fue como estar flotando, moviéndome entre el miedo y la sensación de fortuna de no ser yo quien estaba del lado de la tristeza, porque alguna vez ya estuve de ese lado y conocía su poderoso influjo.

Me recuerdo recorriendo los pasillos temerosa, hasta que, poco después, todo se hizo silencio; luego luz, una luz melódica donde cada sonido tenía un sentido mucho más profundo del que jamás imaginé.

Aún intento comprender el cambio que se produjo en mi interior, solo sé que fue todo un proceso, un despertar.

Repasaba en mi mente los pequeños y los grandes momentos en que he tenido la oportunidad de compartir en aquel espacio lleno de pacientes, para los que cada día es su primera vez; de familiares con los ojos sin risa y la boca sin llanto; de cuidadores; auxiliares; enfermeras; terapeutas; psicólogos; celadores; personal de limpieza; residentes y médicos; todo un inmenso mar de personas haciendo olas de primavera y verano para regalar a quienes el invierno les heló la vida de forma permanente.

En un intento de digerir las experiencias vividas, miré al cielo tratando de establecer un hilo directo con Dios. Recé una oración por todos los que sufren, agradecí los dones que me han dado y pedí fuerzas para seguir llenando corazones con el latir de una canción.

Cerré los ojos y, de repente, me llegó la sonrisa de Aurora, no pude evitar sorprenderme,

¿qué hago pensando en Aurora justo ahora?

—Qué curiosa la mente —me dije—. ¡Debe ser que tengo reciente el instante de ayer por la tarde junto a ella y su hija, tan conmovedor, tan esperanzador!

Las preguntas comenzaron a invadirme una tras otra, ¿cómo habrá amanecido la buena

señora? ¿Se acordará de mí hoy? ¿Qué estará pasando por su cabeza en este momento?

¿Recordará lo que vivimos en la sesión de ayer?

Las respuestas me llegaron solas: «Pero, Alba, ¿cómo se va a acordar de nada si tiene alzhéimer? ¿Estas tonta o qué?». Me reí mientras seguí hablando conmigo misma: «La verdad es que a veces me creo que todo puede cambiar como por arte de magia».

—Sí, Alba, todo puede cambiar —escuché claramente.

—¡Joder! —Di un salto en la cama—. Y esa voz, ¿de dónde sale?, ¡esa no soy yo!

—Claro que no eres tú, soy yo, Aurora.

Volví a dar otro salto, mirando a todos lados, ya más asustada.

—¿Aurora? —pregunté.

—No te asustes, yo tampoco sé por qué está pasando esto, pero me he dejado llevar. Sucede que he pedido un deseo y este me ha llevado a ti.

Todavía atónita, guardé silencio, aunque mi mente seguía cuestionándolo todo sin parar. ¿Me estaré volviendo loca? ¿Estoy soñando?

—Alba —volví a escuchar—, no estás ni loca ni soñando; soy Aurora y tengo una misión para ti. Por favor, escúchame, no tenemos mucho tiempo.

Aún estupefacta, solo se me ocurrió preguntar:

—Pero, Aurora, ¿dónde estás?

—En el féretro, he muerto esta mañana.

—¿Qué? —pregunté ya casi sin aliento—. ¿Qué te ha sucedido?

—Algo que nos pasará a todos, cariño, ya te lo he dicho, he muerto.

—Pero si ayer estuvimos cantando y bailando toda la tarde, tu hija, tú y yo. ¿Cómo ha podido matarte una canción?

—¿Pero qué dices, Alba? He vuelto a la vida después de tu concierto, las canciones me han

hecho renacer y he tenido que morir para saberlo.

—No entiendo nada.

—Alba, ayer he recobrado mis fuerzas, mi energía, mi paz, mis ilusiones… Los minutos de música me provocaron tantas emociones que pude despertar y volver a colorear la vida. Pero ya sabes que el destino está escrito; y esta mañana llegó mi momento. Quiero que sepas que he muerto feliz. Te doy las gracias.

Tuve un minuto de stop, recordé el día anterior y se me saltó una lágrima.

—No llores, Alba, estoy bien. Solo necesito que hagas algo por mí, porque no voy a estar en paz si no me ayudas. Por favor —insistió la voz de Aurora—. He sido guiada hasta ti. Tienes dos caminos: o te lo crees y me ayudas o te quedas ahí plantada preguntándote qué pasa; elige, pero hazlo ya, me urge.

Como siempre he sido una aventurera, decidí ver a dónde me llevaba todo esto.

—¿Dime qué necesitas, Aurora? Haré lo que sea por ayudarte.

—Gracias, Alba. Busca papel y pluma para que escribas una carta, quiero que se la lleves a Estrella, mi hija, la estoy viendo llorar a solas en un rincón del tanatorio, necesito hablarle.

—¿Pero de verdad que estás en el féretro?

—Sí, y he recobrado toda la memoria; en especial me llega el día de ayer. De repente, me he despertado acordándome de todo, quise ir corriendo a abrazar a mi hija, pero no pude. Fue cuando noté mi inmovilidad, me doy cuenta de que estoy muerta, encerrada en un féretro y solo puedo recordar. Necesito decirle a mi hija algo que no pude decir mientras me consumía el alzhéimer y buscaba el modo de hacerlo cuando te sentí pensando en mí. Por cierto, te respondo a tus preguntas: sí que me acuerdo de ti y recuerdo todo lo vivido ayer. ¿Cómo he amanecido?, ya lo ves, muerta, pero llena de vida y con muchas cosas por decir. ¡Anda!, escribe y deja ya de preguntarte cosas.

Salí disparada de la cama, cogí folios de la impresora y la primera pluma que encontré y me senté a la mesa, dispuesta a escribir.

—Estoy lista, Aurora, empieza cuando quieras —dije.

—Pues escribe.

Aurora comenzó a dictar palabras y yo a escribir sin parar. Mientras escribía, lloraba con miedo de mojar el papel.

Terminé. Aurora me dijo dónde encontrar a Estrella y se despidió de mí con su sonrisa
telepática más tierna mientras me agradeció y me dejó un consejo:

—Alba, di siempre lo que sientes, grítale a la vida si es preciso, pero no te calles. Guarda tus recuerdos más preciados y asegúrate de decir suficientes «te quiero», porque la vida solo puede construirse uniendo todos los «te quiero» del mundo. Ahora levántate y lleva la carta a su destino.

Han pasado dos meses desde que Aurora dictó sus notas a mi alma. Todavía recuerdo nítidamente mis siguientes pasos después de escribir aquel día. Recuerdo que salí a la calle, tomé un taxi y llegué al tanatorio, donde me vi envuelta entre una masa de personas tristes que hablaban de todo el proceso del alzhéimer. Apartada, mirando fijamente a su madre, estaba Estrella.

Me acerqué y le dije:

—¿Me recuerdas?

Me miró, se abrazó a mí y se echó a llorar.

—¿Cómo no te voy a recordar? —murmuró entre lágrimas.

—Tengo algo para ti —le dije—. Es una historia que te contaré en algún momento, pero tengo que entregarte una carta. Por favor, ten.

Le entregué la carta y le pregunté:

—¿Puedo acercarme al féretro?

—Por supuesto —respondió—. A mamá le habría gustado verte.

Me acerqué al ataúd. Allí estaba Aurora, en una pose que invitaba a la calma.

—Misión cumplida, Aurora —dije casi susurrando—. Puedes marchar en paz.

Solo yo vi una sonrisa en sus inertes labios, y una vez más escuché su voz, que, simplemente, dijo: «Gracias».

No supe nada más, pero guardo en mi memoria aquella carta como un recuerdo que jamás me abandonará. Leo y releo cada palabra en mi mente y, como un ritual, repito a diario:

Hija mía:

He muerto, ya lo sabes.

Lo que desconoces es que, unida a esta muerte, me ha llegado una luz, y quiero apresurarme a decir todo, por si no tengo otro mañana de memorias, porque ahora recuerdo.

Recuerdo que, en los últimos años, nunca pude decirte que te quiero: olvidé esa
palabra.

Recuerdo que no te di las gracias por todos tus desvelos, por tu hermosa manera de cuidarme.

Recuerdo que nunca pude entender tu negación inicial, tu sufrimiento posterior. Recuerdo verte pasar del estrés a la ansiedad; verte, además, renunciar a tu dedicación profesional y forzarte a ejercer una labor para la que no estabas preparada.

Recuerdo que asumiste todos los gastos generados por mi enfermedad y nunca te quejaste.

Recuerdo escucharte gritar de impotencia en la habitación de al lado, nunca supe por qué, ahora lo sé.

Recuerdo que nunca renunciaste al contacto afectivo con mis manos, a mantener el tono cercano de tu voz para que yo pudiera conectar.

Recuerdo tu postura cariñosa, tus gestos, tu manera respetuosa de hablarme, tu
amabilidad al luchar con mis descuidos.

Recuerdo, sobre todo, que nunca perdiste la paciencia y recuerdo que cambiamos de rol y pasaste de ser mi hija, a ser mi madre, mi amiga y cuidadora.

Nunca quise que soportaras tanta responsabilidad, tanto dolor, pero estoy orgullosa de cómo aceptaste la sentencia y plantaste cara a la vida por ti y por mí.

Ahora sé que di a luz una Estrella.

Desde esta perspectiva de encierro, con consciencia y sin movimiento, comprendo que nada llega a ser completo, pero que la perfección entre tú y yo existió desde que naciste. Te llamé Estrella porque sabía que siempre serías mi luz, y no me equivoqué.

Te pido perdón por haberme olvidado de tus cumpleaños y otras fechas importantes para ti.

Viví en las nubes y fuiste todo el cielo que tuve. Y, cuando se apagó mi voz, me regalaste melodías para que volviera a sonreír. Nunca olvidaré a esa chica cantante, Alba, qué cantó toda una tarde para mí, y que nos permitió tener nuestro último baile, tocando el vals de las mariposas.

Hija mía, no te quedes solitaria y hundida en la tristeza, sigue adelante y
demuéstrale a la vida que nada es imposible, que los sueños no se apagan, que existe
música en la lluvia y esperanza en el vacío, yo lo aprendí al final y nunca pude agradecerte.



Te doy las gracias, hija, porque lo más importante para ti siempre fue estar conmigo; por recordarme tu amor, aunque yo no entendiera; por haberme escogido como prioridad.

Ayer cantamos y bailamos juntas, ¡pude volar! ¡Recuérdalo todo, ahora que puedes! Recuérdame así, volando, porque la vida es todo un baile de canciones que nunca dejamos atrás; aunque nos falle la memoria, siempre nos alcanza una melodía.

Gracias, hija mía, por dejarme sentir, a pesar de la muerte de mi memoria, por enseñarme que cuando las nubes tienen alas, cantan.

Te amé, te amo y te amaré, desde donde esté. Tu mamá, quien también espera ser tu Aurora.

Han tenido que pasar dos meses para que pudiera contar esta historia. Tomar consciencia de la realidad de Estrella me mantuvo días y días llorando.

Ahora sonrío y bailo, porque, gracias a Aurora, he encontrado las alas de mis nubes.
Relato en audio









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