Renuncio

Renuncio a la urbe frívola, que mecaniza humanos como si fueran robots.

Ya no busco deliberadamente
los atajos que enmarquen mi rumbo
ni persigo las luces incandescentes
de brillantes vidrieras.

Renuncio a la urbe frívola,
que mecaniza humanos como si fueran robots.
No estoy dispuesta a manipulaciones ni bajezas
vengan de quien vengan.

Renuncio a caminar de tacos finos
mientras hayan pies descalzos en mi camino.
Elijo la abundancia solidaria,
tal como la madre natura desparrama.

No pretendo el beneplácito inerte de quien amordaza
la voz derrapada del diferente.
Renuncio a respirar sin sentido
en el vaciamiento de los sentidos,
al despojo de cualquier hueco turbio y ensombrecido
distante y ajeno en la burbuja de su infame destino.

Me niego a abdicar de la verdad sin entrañas,
incluso a costa de vencerla por miedo al espejo.
Renuncio al diálogo estéril que dilata el sosiego de un callado latido.
Me niego a aceptar sumisamente,
lo que no sintoniza en mi misma vibración.
No se trata de pensar homogéneo
sino de que exista un mínimo posible de empatía
con aquellos principios que se imponen irrefutables.

Renuncio a mi razón indebida
si acaso deja subyugada la sinrazón del espíritu.
Ya no busco consolarme con las medias tintas,
si el vuelo de un colibrí se posa en la flor
y es capaz de arrancar el néctar sin lesionar sus pétalos.

Renuncio al ruido.
Me quedo con la soledad de la playa en pleno invierno
con tal de encontrarme mar adentro conmigo,
arriesgándome a desencontrarme
en un yo desconocido,
que aflora la versión más frágil de mi vulnerabilidad.


Analía Acevedo



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