domingo, 28 de agosto de 2016

Mujer sin sombrero


Si un funcionario y un poeta
amaran la misma mujer,
¿qué nueva implicación tendría
la guerra astuta que padecen?,
y en fin, ¿dónde se posaría
la victoria, el amor?

El funcionario con funciones,
el poeta cambiando de voz;
los dos haciéndose pedazos
contra el temible amor.

Si le pregunto a los presentes
a cuál de los dos le van:
los despeinados al poeta
y los peinados al suicidio
—y sólo yo lo apuesto todo a la mujer.

Hicimos el amor en la ventana
y el vecino de enfrente se quejó.
Eso no lo sabías, no lo dije.
¿Qué ventana mejor se humedeció?

No llegué a ir al mar, pero fui al pueblo,
y en el lugar donde iba tu voz
siempre se hizo silencio, un gran silencio.
Nadie ocupó tu silla, tu canción.

Hay que salvar esos recuerdos
de todo lo que fue ruin.
Hay que salvar esos recuerdos
para salvarte a ti.

Hay un amor que da lo diario,
que te va a comprender,
y otro que canta y eterniza,
que te hace trascender.

Cada cual da de lo que tiene:
unos dan necesidad
y otros regalan las palabras.
Veremos qué dura más.

Hay el amor omnipotente,
hay el amor desesperado,
que descorazona las piedras,
que es más semilla que semilla,
que es más arado que el arado.

Hay el amor de amor de amor,
hay el amor como una tumba.
Hay el amor de laberintos
más complicados que un sombrero.
Hay el amor cercano a Cristo.

Mi amor no ha sido tan tremendo
ni tan ancho
ni tan bello
ni tan triste
ni tan sabio
ni tan solo
ni tan loco
ni tan todo
ni tan nada.

Pero canta.

Silvio Rodríguez




 

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